Desde el punto de vista de la Economía, el hombre, a la hora de tomar decisiones, compara costes con beneficios y, según el resultado obtenido, toma la decisión que hace que aumente su felicidad.

La realidad es bien distinta: además de utilizar las matemáticas y la razón, actuamos por impulsos, por eso la Economía no dispone de herramientas suficientes para explicar la irracionalidad de los individuos y necesita el apoyo de otras ciencias para entender nuestro comportamiento. Así nació la Neuroeconomía, que integra los conocimientos de la Neurociencia, la Psicología y la Economía para explicar cómo tomamos decisiones.

La Neurociencia, que estudia los procesos cerebrales,  contribuye a comprender mejor el comportamiento de los individuos en todo contexto, incluso en el  mercado económico; intenta explicar lo irracional de los movimientos bursátiles, el mecanismo que provoca las compras compulsivas o el Neuromarketing que nos “programa” para que compremos determinados productos. La Neuroeconomía va un paso más allá y, a partir del estudio de cómo trabajan las neuronas cuando el individuo toma decisiones, expresa sus descubrimientos en forma de ecuaciones susceptibles de ser usadas por los economistas.

Uno de los pioneros de este campo es el profesor Paul Zack, de la Universidad de Claremont, Estados Unidos, cuya investigación sobre la Neuroeconomia se centra en medir y observar lo que sucede dentro del cerebro de las personas mientras éstas toman decisiones, usando tecnologías de diagnóstico por imagen (resonancia magnética) para ver qué zonas del cerebro están activas. Los investigadores estudian los cerebros de la gente mientras resuelven varios ejercicios desarrollados por economistas experimentales.

Existen una serie de circuitos cerebrales específicos que gestionan conceptos como la recompensa y el castigo. La región cerebral llamada cingulado anterior, situada detrás de la frente, reacciona cuando las personas cometen errores y, llevado a la neurociencia, se considera que registra ganancias y pérdidas financieras. Otra pequeña estructura llamada ínsula detecta sensaciones en el cuerpo y reacciona cuando sentimos que nos quieren “dar gato por liebre”. Estas estructuras y correspondientes neurotransmisores se activan incluso antes de que una persona sea consciente de haber tomado una decisión.

neuroeconomia

En un estudio publicado en la revista Science, el Dr. Jonathan D. Cohen, profesor de ciencias cognitivas en Princeton (Estados Unidos), tomó imágenes de los cerebros de personas que jugaban al juego del Ultimátum. El juego consiste en lo siguiente: el jugador A dispone de 10 dólares y puede ofrecer la cantidad que quiera al jugador B. Si el jugador B acepta el ofrecimiento, el dinero se reparte, pero si no lo acepta ambos jugadores pierden los 10 dólares.

Las imágenes mostraban que cuando un jugador B aceptaba una oferta que él consideraba suficientemente justa se activa en su cerebro el área relacionada con el pensamiento reflexivo (el antes mencionado cingulado anterior), pero cuando rechazaba una oferta era la ínsula la que se activaba. Cuanto más rápido reacciona la ínsula, más rápido la persona rechazaba la oferta. Es más: la ínsula se activaba bastante antes de que la persona oprimiera el botón para rechazar la oferta.

De esta forma se puede cuantificar cuánto contribuyen las emociones y el razonamiento lógico en la toma de decisiones e incluso se podría llegar a evaluar cuales son los circuitos neuronales que intervienen, por ejemplo, en prácticas de negociación como puede ser el regateo.

Haciendo un análisis más profundo de los resultados cabe destacar que la mayoría de los jugadores B rechazaban ofertas de dos y tres dólares, prefiriendo penalizar al jugador A antes que sentirse engañados. Esto, evidentemente, va en contra de la lógica económica que diría que es mejor quedarse con algo, aunque sea poco, que perderlo todo.,

El ser humano no actúa ni racional ni eficientemente cuando se trata de dinero. Sus decisiones financieras no se basan en la razón, sino que en ellas intervienen elementos más incontrolables como son los sentimientos, las emociones o las intuiciones que no tienen por qué estar en relación con ganancias financieras. Así, las emociones pueden llevar a un sujeto a perder dinero en beneficio de la defensa de su reputación social, jugarse el sueldo familiar o apostar sus ahorros en inversiones de alto riesgo.

“La Neuroeconomía puede arrojar luz en todo tipo de comportamiento económico”, mantiene el Dr. George Loewenstein, economista de la Universidad Carnegie Mellon (Pittsburgh, Estados Unidos): «Bajo la influencia de poderosas emociones e impulsos la gente frecuentemente termina haciendo lo opuesto de lo que piensa que es bueno».

Paloma Hornos

 

Artículo publicado en el diario LA NOTICIA IMPARCIAL el 18 de Noviembre del 2012

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